La Religión y Yo




Creo que en mis últimas entradas, incluso en comentarios dispersos por la red, he dejado clara una postura de indiferencia y aversión hacia la religión, pero siempre he querido justificar dicha oposición, con lo que es para mí uno de los principales pilares de mi ideología.

Crecí en un hogar “pseudo católico”, donde nadie me intentó inculcar ninguna creencia, pero en el que se tenía por tradición una cierta fe. Me bautizaron, según he sabido después, en contra de mi voluntad, y tomé la primera comunión. No por una férrea pasión por cristo, ni para salvar mi alma, simplemente porque sabía que ese día sería el único y verdadero protagonista, y cómo no, por los regalos que iba a recibir, entre los cuales no esperaba una “hostia”. Realmente no creo que ningún/a niño/a de 8 o 9 años vaya a su comunión feliz porque va a recibir a cristo, de hecho, ni siquiera creo que sepan con certeza quién es.
Más tarde quise ser monaguillo, y una vez más, no era por devoción o vocación, sino porque escuché entre mis amigos que se llevaban buenas propinas después de una boda o cualquier otra celebración. Por suerte, fue sólo un capricho que me duró un par de semanas y que nunca llegué a culminar.
A la vez que iba creciendo, me iba apartando de la religión, y me iba formando  unas ideas propias. Empecé por no permanecer más de 10 minutos seguidos dentro de una iglesia, ya fueran comuniones, bodas o bautizos. No tenía reparo en perderme cualquiera de estas celebraciones, aunque se tratase de un familiar cercano. Exceptuando las muertes cercanas, a las cuales asistí, por creencia de una muestra de respeto hacia los familiares.

Poco a poco fui conociendo más a fondo la historia y las bases donde se asentaba el catolicismo y las distintas organizaciones que enardecían su nombre. Y de la indiferencia o ignorancia evolucioné a una profunda oposición que rozaba el odio, y en la que aún me mantengo. Machismo, homofobia y xenofobia son los mayores pecados que le atribuyo a dicha religión. No me malinterpretéis, no creo que todos los católicos compartan alguna de estas creencias, pero es seguro que todas ellas llevan por bandera el apellido de la iglesia. Pero si hay algo que más odio y que creo que es el mayor de sus pecados en este siglo es la irrespetuosidad. El afán por controlar cada vida, cada hogar, cada mente. La obsesión por crear adeptos a partir del odio y las mentiras que intentan verter en la sociedad. Son culpables de sembrar el miedo, inventando un castigo póstumo para aquellos que no siguen su doctrina. Algo que es, a mi parecer, imperdonable.

Puedo vivir sin biblias, sin iglesias, sin sacerdotes. Incluso creo que sería beneficioso para todos, pero soy capaz de entender a la mayoría de las personas que mantienen la fe en un ser superior distorsionado y manipulado por unos cuantos hombres. 

Hay 3 grupos que diferencio entre los creyentes: los pobres, los ricos y, por desgracia los que más hay, los ignorantes. Los primeros necesitan saber que hay alguien velando por ellos, alguien al que poder aferrarse cuando las cosas se ponen jodidamente mal. Se sienten desamparados, huérfanos, escoria, en definitiva, hijos de nadie que buscan con ansia una mano amiga que los calme en momentos de angustia, aunque esa mano sea invisible. Los segundos, y a la vez, los únicos por los que no siento pena son los ricos. Aquellos que se sienten libres, colmados y con la suficiente facilidad de hacer y deshacer a su antojo. Éstos son los que necesitan una deidad a la que rendir cuentas cuando cometen, bajo toda consciencia, cualquier injusticia. Su creencia de ser superiores les hace prescindir de una autoridad “humana” y buscan la divina. Por último, y los que menos necesitan una definición, son los ignorantes. Nadie nunca les ha explicado a quién dirigen sus plegarias, ni conocen los principales objetivos u opiniones de la iglesia. En este grupo es donde catalogo a mis padres. Personas de clase media, que tienen por costumbre pedir una ayuda a dios, para mantenerse donde están.


Antes de acabar, quería dejar claro que no creo que haya más cobardía que la de buscar un culpable más allá de las estrellas. Que la vida es un regalo, salido de un acto puramente biológico, y que nadie debería hallar más verdugo que el que se encuentra en nosotros mismos. 

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