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Mostrando entradas de noviembre, 2013

Días en vano

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Le levanto la falda a los días y encuentro momentos que no valen nada, que llevan silencio que nunca se acaba, me matan las horas que llueve en secreto. Me busco en fotos y reflejos y no encuentro nada, me absorbe el vacío que encierran tus besos. Quiero la luz de miradas,  un "ven un momento", que sobran palabras si tengo tus huesos. Y me empiezo a cansar de escalar las mañanas, tumbar tardes, devorar noches. El empacho de estrellas me hace vomitar quejíos que rebotan en las paredes de mi habitación. Enciéndeme  las noches, para que al menos vea dónde piso.

Maullidos en la noche

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Perdí las noches que la luna hizo por ti, masticando el hielo que dejó el amanecer. Entre maullidos empezaba a descubrir, que aún quedaban versos en el suelo por coger. Subí a la tierra para verte estremecer, en tus noches en vela. Y entre tus lunares he sido aquel niño que quiso cazar mariposas, pa' quitarle las alas, retozando en tu ombligo y no echaran a volar. Dejé de soñar que te había perdido, qué triste pensar que
 no estabas conmigo. Y es que a veces
 no te pienso,  pero otras tantas lo compenso,
 sólo pensando en ti.

Quédate

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Corté las cadenas que me quisieron atar al desvelo por ti, a una cama sin ti. Y  caí, a plomo, a la fatiga por tu pelo, caí. A mojar con saliva el filo de mis plumas, que al irte enmudecieron. No te alejes  de aquí, que nuestros cuerpos vuelvan a  retorcer los renglones de poesías obsoletas.  Que nunca más duren secas tus sábanas  dos días, y que mi ropa recoja el polvo de tu suelo al salir. No te alejes de aquí,  y si te alejas, que sea para coger el aire que te voy quitando. 

Exilio en el Tártaro

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Cuando bajas al infierno, aprendes, que no de gula tiene el diablo ardores en el estómago. Que aquí abajo se queman los miedos al mismo tiempo que tú. Y no esperes encontrar putas o viciosos de los que hablan las fábulas. Aquí ya sólo quedan las cenizas de algunas sotanas y el metal oxidado de férulas forjadas en pecado. Y no le habléis de demonios a su compañero de alcoba, pues de espantos está lleno. Desiste en hacerme una visita, que ya Caronte me dará el recao.

El descuido

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No hay delito en matar este momento que agoniza, que suplica descansar. Más considérenlo un acto de piedad, de justicia para el alma. Pero se me escapa, desaparece entre mis manos antes de rematarlo. Y me veo corriendo tras mi verdugo, que a cada paso se gira para burlarse de mí. Un torpe asesino que agrede con desatinados golpes. Mal hirientes, pero soportables. Me tiene agarrado por los huevos. Sabe que le pertenezco y juega conmigo. Hasta el día en que, desprevenido, resuene mi aliento en su nuca  anunciándole la muerte.