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Los lobos infames

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Pezuñas, aullidos, rechinar de caninos y molares,  baldosas frías, el vidrio chocando contra el vidrio. El infierno en diapositivas. La muerte, que era destino, muda la piel a deseo. Creo que es mi cuerpo el que devoran. No estoy segura. Hace un rato traspasé las paredes de esta realidad macabra, dejando atrás a los lobos. Aquí no tengo  miedo. Mi cuerpo llora, tiembla, se encoge con cada zarpazo y colmillo. Pero no soy yo. No puedo serlo. Mi conciencia  sublevada, por rebeldía o custodia, ha creado un dulce y frágil letargo. Putos perros desalmados, consentidos y alimentados con odio y desprecio en perreras públicas. Creo que ya se van. Oigo el deslizar victorioso de uñas  por el suelo. Parece que han ganado. Han dejado jirones de tela marchita, mi piel violeta y un salto de aguja en los giros de un vinilo. Me han tatuado un julio de claveles negros, una muesca en el recuerdo níveo de mi vida y semillas preñadas de culpa.

La bestia te trae

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Sentado frente al televisor macera una idea. Mirando sin ver, oyendo sin escuchar. Las paredes, sillas, mesas y cuadros se transforman en meros objetos ornamentales de su existencia. Su cuerpo también lo es. Encadenando un cigarro tras otro, convierte el humo en miedo. Una bestia, sin esqueleto ni forma definida, se siente atraída por el golpeo continuo y agitado de sus pies en el suelo. Se ha convertido en presa creyéndose presa. Miedo en estado líquido recorre su frente. La bestia empieza a construir por el tejado. La enfrenta con más nicotina. Ésta le agarra por el cuello, dejándolo sin aire. Intenta levantarse, pero tiene una estampida de elefantes en el pecho, tempestad en la cabeza y escarcha en los ojos. Intenta gritar, pero le ha quitado la voz. Intenta huir, pero le ha robado el cuerpo. Sólo le queda asumir el triste final ante la mirada burlesca de su asesino. La impotencia y culpabilidad son una parte más del mobiliario. Llega la rendición y con ella la huida cobarde de su e…

So(éra)mos

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Tan tú de mí y yo de ti como la desesperación a la cuerda.
Tan cebo de la tristeza a millas de ti, como sosiego en tu cama.
Somos el túnel al final de la luz que bien ama.
Somos tristes peces nadando entre alegres corales. Y a veces somos alegres corales follando entre tristes peces.
Somos la arena ardiendo que acojona dejar de pisar.
Tan yo de mí y tú de ti, que ya no somos nosotros.




Santa

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Arde santísima ella cuando alaban sus pasos, llorando el repudio a su propia  gloria.
Porque es fuego, pero tiene inverno en las tripas. Porque es luz, pero no ve.
No le echéis pétalos, ella  quiere puentes. No le cantéis saetas, ella está sorda.
No os quiere de rodillas para venerar su figura, os quiere a su lado para terminar el camino.
Arde santísima ella cuando le quito el manto.

Terrorismo interno

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Búscame en el cráneo termitero de musgo imperecedero.  En los callos de los sueños que de roce murieron.  Batiéndome en duelo con el fulano de igual calaña,  que siempre encuentra el indecente perdón tras caer al barro.  No hay mayor misericordia que la de mis propias pupilas.  Las mismas que sollozan con cada acto de terrorismo endémico.

Infraviviendo

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Se acaba la tinta, comienza con sangre, para seguir tachando en las paredes los días muertos. Ser libre o liberarse, eterna guerra, fiel utopía. Romper la barrera de latidos impuros, cortados con miedo. Auparse por encima del muro o vivir a sus faldas. Curar de arañazos la superficie o atravesarla. Vivir o infravivir.

Ojos de miedo

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Quítame esa vida de la mirada que me quema hasta los párpados. Haciendo de días ceniza, de noches hoguera. Quiero mirar con ojos fuertes el paso del tiempo, y no morir  en agujas varadas a orillas del tedio. Que la voluntad venga en sacos llenos, que los míos están roídos por ratones. Y eso que ella se viste bonita,  pero yo la miro con ojos de miedo.