El Robo






Saliste de mi pecho para 
convertirte en mera carne.
Yaces muerto pálido.

De rojo vida a ocre occiso. 
De alegre compás a eterno 
reposo. 

Y la sangre que ahora corre 
por las venas de este errante, 
no es sangre sino hielo.

¡Qué injusto atraco, ratera! 
ramera despiadada que  tras
dama te escondías. Y que mal
rayo me parta si en tu fuego
no te quemas.

¡Vil, vil, vil cortesana! Que con
tretas y faldas, me devolviste al 
olvido del que nunca debí salir.

Comentarios

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

So(éra)mos

Santa

Terrorismo interno