El descuido








No hay delito en matar este momento
que agoniza, que suplica descansar.
Más considérenlo un acto de piedad,
de justicia para el alma. Pero se me
escapa, desaparece entre mis manos antes
de rematarlo. Y me veo corriendo tras
mi verdugo, que a cada paso se gira
para burlarse de mí. Un torpe asesino
que agrede con desatinados golpes.
Mal hirientes, pero soportables. Me
tiene agarrado por los huevos. Sabe
que le pertenezco y juega conmigo.
Hasta el día en que, desprevenido,
resuene mi aliento en su nuca 
anunciándole la muerte. 

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